TABARÉ
Vestida con túnica blanca y moña** azul fui elegida en la escuela para recitar a Juan Zorrilla de San Martín, lamentablemente hoy no recuerdo los versos de aquellas dos poesías que repetí a viva voz con alma y vida, marcando un momento extraordinario, el aprendizaje de pararme frente a mucha gente, enfrentando el temor a equivocarme, delante de todas las miradas puestas sobre mi rostro enrojecido, con aquella timidez extraña que aun hoy me persigue… que se debate entre la audacia y la mesura.
El segundo nombre de mi padre: Tabaré, me obligaron con el tiempo y ya madura, a explorar una de las obras más hermosas de la narrativa poética uruguaya.
Hoy, desde España donde resido, con mi gran compañero de ruta asturiano puro, purísimo, de varias generaciones, revolotean en mi memoria los tintes nostálgicos de una epopeya.
Charrúas, una raza desaparecida por la ambición de la conquista… y hoy me quedo con una frase de un amigo asturiano: “Dicen que nosotros los conquistamos y la verdad es que hoy, ellos nos tienen conquistados”.
Juan Zorrilla de San Martín, en un largo y bellísimo poema que fue concebido desde su admiración al gran actor italiano Salvini y escrito con el pensamiento fijo en la vaga figura de la madre que el autor perdió en la infancia, escribió una narrativa, una novela trágica, que supo plasmar la tragedia del indio enfrentado al conquistador.
Su obra cumbre: TABARÉ (1886) describe los trágicos amores entre una joven española y un joven mestizo charrúa. Hijo de un cacique y de una cautiva española, ha recibido de niño la gracia del bautismo, ya mozo, ve a Blanca, hermana del conquistador don Gonzalo y se siente intensamente atraído por reminiscencias de su madre muerta, luchan en él su alma bautizada y sus hábitos guerreros; salva a Blanca de los brazos de un indio, pero don Gonzalo cree que él ha sido el raptor y lo mata.
Entre otra de las bellezas de esta obra se destaca la dedicatoria:
“A mi esposa, Elvira Blanco de Zorrilla.
Te dedico TABARÉ… ¿Y que he de hacer?
Si fuera a esperar la época en que podré o no producir algo digno de ti, tendría que renunciar a la satisfacción de escribir tu nombre, que me es tan querido, al frente de una de mis obras.
Te lo dedico, pues; a ti, la inspiradora de aquellos mis primeros cantos de amor que aun me parece escuchar a la distancia, coma una serenata que acaba de pasar por mi lado, y cuyos acordes lejanos se desvanecen en una queja llena de melancolía.
Viejo ya, aunque sin canas, quizá sin muchos años, siento llegar hasta mí, fundidas en un solo acorde, las últimas notas de aquellos cantos de adolescente y las primeras risas de nuestros hijos. Hay algo de todo eso en la inspiración, que ha dado vida, más o menos efímera, a este poema: hay, por consiguiente mucho que es tuyo; tu espíritu y el mío palpitan identificados en él.
Sin duda por eso he mirado a TABARÉ con predilección; tú lo sabes pues ha sido tu rival durante muchas de esas pocas horas que el trabajo incesante o las preocupaciones de mi agitada vida me han dejado libre, y que hubieran sido tuyas y de nuestros hijos si no me las hubiera reclamado con derecho el pobre indio, soñada personificación de una estirpe muerta que, cuando menos tiene derecho a nuestra compasión.
Cuántas veces, aunque no muy de grado, ahuyentaste de mi mesa de labor, a nuestra querida y bulliciosa caterva para hacer silencio en torno de la cuna de mi charrúa!
Quiero devolverte esas horas dedicándote la obra a que ellas fueron consagradas. Lee una que otra vez a nuestros hijos algunas de las estrofas de este pedazo de historia de nuestra patria, de esta su hermosa patria uruguaya, que con tanto tesón les enseñamos a amar después de Dios.
Si ellos llegaron a advertir que esta página íntima está echada en el destierro, recuérdales, pues tú lo sabes, que no debe culparse de ello a la patria, y enseñarles a preferir siempre el sufrimiento, que tú has sobrellevado conmigo, al abandono de su misión moral en la tierra.
No sin algún pesar me separo de TABARÉ para darlo al público, el ha sido mi compañero inseparable y bueno durante estos últimos años de tantas amarguras para mi espíritu, y lo que es peor, de tantas desgracias para nuestro país. Pero va a tus manos, y esto hace menos sensible la despedida.
Que tú quieres también un poco a mi indio, cine tú lo mirarás con menos indiferencia, de lo que él acaso merece, me lo demuestra el hecho de haber tú sentido una antipatía y una repulsión invencibles, hacia D. Gonzalo de Orgaz porque lo hirió de muerte en el bosque.
Si a ti se te hubiera dado a elegir el desenlace de mi poema, yo bien sé cual hubiera elegido.
No podía ser!
No: tu idea era imposible. Blanca, (tu raza, nuestra raza) ha quedado viva sobre el cadáver del charrúa.
Pero en cambio, las últimas notas que escucharás en mi poema son los lamentos de la española y la oración del monje; la voz de nuestra raza y el acento de nuestra fe: la caridad cristiana y la misericordia eterna.
El poeta no puede decir mentiras por más dulces que ellas sean.
Te ríes?
Pero no te lo digo en broma, el arte es la verdad, la alta verdad inoculada en la ficción como un sople vivificante y eterno: de ahí que la verdad, lo real en el arte, no esté en la forma, como lo eterno en el hombre no está en el cuerpo.
Y la prueba de ello la tienes, en que la alta verdad, la excelsa realidad del pensamiento alma de la creación artística, ha inmortalizado y conducido, triunfantes a través de los siglos, obras de formas diversas y hasta, radicalmente opuestas, formas que recorren un diapasón tan extenso, como el que media (te citaré dos obras que tú conoces) entre La Tempestad de Shakespeare y el Quijote de Cervantes.
El arte contribuye poderosamente a la felicidad y al mejoramiento sociales; sabes porqué?
Será porque copia o reproduce, lo que existe materialmente, lo que todo el mundo ve y toca, y porque consigue despertar en el hombre las mismas impresiones que las escenas reales despiertan en él?
Todo lo contrario.
El arte contribuye al mejoramiento social, porque por medio de el, el común de las gentes participa de la visión de los hombres excepcionales, y se eleva y ennoblece en la contemplación de aquello cuya existencia no conocería si el poeta no lo dijera: levanta la frente: sube conmigo a las regiones de la belleza: la atmósfera es pura porque acaba de atravesar la tempestad del genio que como las tempestades de la tierra purifica el ambiente.
En una palabra: el arte no es otra cosa que la reproducción sensible de la vida real, ideal.
Y la vida única de la inteligencia es la verdad, como la única vida de la voluntad es el bien.
De ahí que la única fuente de belleza artística, sea el pensamiento en que el bien se difunde y la verdad esplende: de ahí que, como antes te decía, el poeta no pudo decir mentiras.
Yo debía, pues, decir la verdad en TABARÉ: inocularla en el organismo literario que amasaba con el limo de nuestra tierra virgen y hermosa.
No extrañes que haya elegido una verdad llena de inmensa tristeza: las que más aprietan el corazón, son las que más eficazmente lo exprimen, las que lo hacen verter su jugo más íntimo.
El de mi alma va en TABARÉ: Por eso te ofrezco en una fecha que nos a querida.*
JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN
Buenos Aires, 9 de Agosto de 1886
*Después de escrita esta página que respeto hasta en sus incorrecciones, antes de darla a la prensa, mi esposa ha muerto… He bendecido la voluntad de Dios, que me la dio y me la quitó, he ofrecido a Dios como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi corazón que él destrozó.
Con la absoluta evidencia de la fe, sólo veo en el dolor, el mundo de las divinas misericordias.
Sea.
Solo puedo agregar mi orgullo de ser una eterna gurisita Charrúa…
Claudia
**Moño característico del uniforme de la escuela pública en Uruguay.